CHIGÜIRE

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Islas

Cada quien en su casa, encerradx. La estructura de la ciudad se hace real y las paredes por fin juegan a las jaulas que siempre han querido ser. Y sin embargo tú dices escapar al ciberespacio, escapar de la distancia social y la soledad física, reemplazarla por un campo de juego digital.

¿No te das cuenta que tú practicas en la virtualidad el mismo aislamiento de tu realidad física? Has entregado tu libertad a gigantes, con nombres de Facebook y Twitter. Has dejado hacerse las mismas islas que en la fisicalidad se trazan con alcabalas y rifles de asalto.

Y no te diste cuenta porque la realidad en el internet siempre ha sido confinamiento para ti, te han paseado de jaula a jaula y ya te has acomodado a cómo se sienten los grilletes. A esta opresión le llamas social y a este aislamiento le enseñas una sonrisa.

Tenemos que estar conectadxs y esta imperativa nos empuja al ciberespacio. El monopolio de este territorio por las garras de los conglomerados y corporaciones no es nada que celebrar. El «por lo menos tenemos Instagram» es un canto de derrota, es síndrome de Estocolmo, es una estaca clavada en tu mismo corazón.

Hay más allá de esto, hay libertad, hay comunidad, hay encuentro de voluntades. Pero ahí donde tú lo sitúas no está.

Ahora que tornamos hacia lo digital por necesidad como sustento y base de lo social y no como mero suplemento, se hace evidente que nos han hecho sociales como ellos quieren y no de otra forma. Porque las grandes redes son harneses y corsets, son campos de concentración digitales, se evaden de protocolos comunes y entendimiento, tuercen nuestra interacción a encajar con sus cajas negras de entradas limitadas y salidas incomprehensibles.

La red social es protocolos sobre los que puede florecer el amor. Lo que hay ahora son continentes masivos erigidos por la violencia. Hay todo un archipiélago que navegar y se empieza haciendo una curiara y lanzándose al agua.