CHIGÜIRE

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Cuarentena

Fue en cuestión de horas que el aislamiento me hizo devenir antisocial. Mi vitalidad drenada por una súbita ráfaga de la más destilada misantropía. Tornar hacia los adentros de una casa, me forzó a su vez al abismo de mí mismo. Ahora me hallo navegando un mar de odio que bien sabía dentro mío, pero que ahora desborda e inunda las cuatro paredes entre las que me encuentro encerrado.

¿Será que mi vacuna era el contacto constante? ¿El no dejarme solo, porque sabía que esto iba a pasar? Ahora súbitamente el espectáculo de las gentes, se acelera y los gestos y mimos que hacen se ve a doble manera: acelerados e incomprehensibles, aletargados y predecibles. Las procesiones y performáticas cansan a 2X, se agota a velocidades insanas mi paciencia. Donde había amor, hay ahora agotamiento.

El proceso inmunológico que emprendía día a día de revolcarme junto a los demás, ahora no presente, genera resistencia. Mis defensas desbordadas, empieza el odio por la garganta y la yema de los dedos, y acaba en todo el centro del pecho. Una raíz amarga de un flor que nace ya marchita atraviesa mi esternón y se hace de enredadera entre mis costillas. Es un esfuerzo activo evitar vomitar palabras despiadadas y la sonrisa se esconde en algún adentro muy recóndito.

¿Cómo el odio se enraiza tan fuertemente? ¿Cómo hago para no darle espacio? ¿Cómo mato lo que no vive del aire? ¿Que no puedo ni sofocar, ni quemar, ni cortar de tajo? Ahora mismo lo vivo en la piel y se me erizan los vellos de la nuca pensando en aquellos momentos que empezaron todo esto. Hay un inicio al odio, pero no sé si hay un fin.

¡Pues! Haré del odio mi compañero, ya que quitármelo de encima hasta ahora ha sido imposible. Aprenderé a quererle, a darle amor y espacio. No puedo querer/me a medias y este odio es más yo que mis uñas y mi carne.

Esto porque, algún día tal vez, ya no tendré necesidad del odio y el odio no tendrá tanta necesidad de mí.