CHIGÜIRE

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Cartografías

De pequeño dibujaba mapas y laberintos. Me acuerdo de la biblioteca sombría de mi tío Ramón. El suelo frío de mármol, blanco y negro. Un lápiz y una pila de papeles. Insistía, mi tía, que los lápices que me dejaba eran los mejores. Dibujaba mapas y laberintos, juegos de un jugador, donde ejecutaba el diseño y su resolución. «Debes pasar por al lado de las montañas», decía en voz alta, «porque escalarlas es muy difícil». La sala vacía nunca respondía. Ríos, islas y ciénagas. Pantanos inatravesables —al menos, claro está, si no cuentas con la ayuda del pescador, en su churuata de paja, que te puede ayudar, pero sólo a cambio de ayudarle con sus problemas.

He dibujado mapa tras mapa tras mapa. Una representación siempre en expansión de un territorio imaginario. Hoy me viene la sensación de que de en esos mapas, en aquellas cartografías crípticas, había más realidades de las que podía abarcar en su momento. Con el abandono de estos mapas, que ahora mismo no me puedo empezar a imaginar, si es que alguno sobrevive, dónde habrán acabado, abandoné (o fue abadonado, en todo caso) una parte de mí que ahora mismo echo en falta.

Ahora toca de nuevo volverme a la cartografía. La práctica de marcar senderos, seguir ríos y perderme en el bosque; y la, más ardua aún, tarea de escribir sus mapas. Solo que esta vez tengo más acompañantes que el frío del marmol y el eco de una sala vacía.