CHIGÜIRE

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La calamidad

Flujos de atención y atracción hacen groserías a mi cabeza. Con mis manos hago un refugio y me escondo. Ahí dentro no pueden verme. Ahí dentro no pueden tocarme.

Ahora vivo a través de todos mi yoes y me encuentro con aquel muchacho que tenía ganas y le digo: «no es tu culpa». Le digo: «estoy aquí para ti». No le veo la cara pero siento su sonrisa. Hablamos en habitaciones deconstruidas que flotan en la mitad de un espacio infinito –o que parece infinito al menos, pero se ven los bordes, las costuras.

Ahora todo es tan claro. Pero esta claridad, esta transparencia, es el mayor dolor que he experimentado nunca. Duele ver todo por todo lo que es; y aun así, lo tomo y lo hago mío, cojo esas mil raíces de una realidad que se disfraza de Una y la rompo en mil pedazos y esos pedazos a su vez se rompen en mil. Múltiples de múltiples. Me pienso y me siento bosque, atravesada por estacas y espinas de madera, tierra, agua y musgo.

Ahora el televisor muestra una imagen de ruido blanco y un hiss casi inaudible. Pero no quiero esto. Me desespero pero lo miro y lo miro y lo miro ¿Qué hago? Me levanto de la silla y me miro en el espejo. Ahí no estoy, pero este acto es suficiente para romper a aquel que me mira. Y con esto empiezo.